Skip to content

Si al menos hablara…

Hay una escena al final de la maravillosa película El Secreto de sus Ojos, dirigida por el argentino Juan José Campanella, que me dejó inmóvil en el asiento de la sala. Fue tan inesperada como impactante. Cuenta la historia de la violación y asesinato de una chica joven, bella, recién casada, situándose los hechos en la etapa previa, aunque muy cercana, a la dictadura de Jorge Rafael Videla. Un magistral Ricardo Darín, en el papel de Benjamín Espósito, funcionario del juzgado que investiga el caso, promete al joven esposo de la víctima que detendrán al asesino y que le caerá cadena perpetua. Efectivamente, el asesino es detenido, pero debido a rencillas entre funcionarios, el enemigo de Espósito deja en libertad al asesino y consigue que lo hagan guardaespaldas de Isabel Perón. Esto hunde al marido de la chica asesinada y pierde la fe en la justicia. Veinticinco años más tarde Espósito visita al marido, ya jubilado y retirado a una casa de campo, muy aislada. Aquel caso le dejó marcado profundamente y sobre todo el hecho de no haber conseguido que el asesino cumpliera la condena por el crimen que cometió. Cuando finaliza la visita, Espósito se marcha en su coche pero algo le empuja a volver. Cuando llega de nuevo al lugar ve al marido de la asesinada caminando con un plato de comida y un vaso de leche hacia una pequeña habitación, separada de la casa principal. Entra en ella y comprueba, atónito, al igual que me quedé yo en el cine, que esa habitación era una cárcel y que dentro de ella se encontraba el asesino. Tras unos segundos intensos, las miradas de Benjamín Espósito y del marido de la asesinada se cruzan y éste último le dice: “Usted dijo perpetua”.

Aquella frase fue contundente, demoledora. Pero si no era ya bastante para que aquella escena te dejara sin habla, aún quedaba lo mejor de la misma. El asesino, encorvado, caminando lentamente, enfermo, ajado claramente por los veinticinco años que llevaba allí encerrado, al ver a Benjamín Espósito deja caer la bandeja al suelo y se queda mirándole, paralizado. Inmediatamente comienza a dirigirse hacia él y cuando llega a los barrotes, se agarra con fuerza a dos de ellos,  introduce media cara entre sus manos y le dice a Espósito: “Por favor, dígale que al menos me hable”.

Recluido veinticinco años en una cárcel fabricada por el marido de la mujer a la que violó y asesinó, no le pide a Espósito que le ayude a salir de allí, le pide que convenza a su carcelero de que al menos le hable.

Estaba leyendo hace unos días una revista dedicada al emprendimiento y los negocios y me llamó la atención cuando leí que uno de los negocios que tienen un mayor futuro a corto plazo, si no lo tiene ya, es un geriátrico. Aquello me hizo pensar y a la vez me invadió la tristeza. Es obvio que mi generación es una generación de egoístas, incapaces de sacrificar una parte de nuestra vida, de nuestra libertad, para hacernos cargo de nuestros ancianos padres. Basta con echar la vista atrás y recordaremos como nuestros abuelos vivían hasta el final de sus días con nuestros padres, en nuestras casas. Eran un miembro más de la familia, un miembro muy querido y respetado. Hoy día, sin embrago, es muy habitual entre nosotros ver a hermanos discutir, enfrentarse e incluso romper relaciones a consecuencia de “esa carga” que suponen sus ancianos padres. La solución que alivia conciencias es pagar un asilo entre todos y hacer una visita de vez en cuando.

Estoy un poco sensibilizado con este tema porque este sábado, cuando circulaba con mi motocicleta por la calle Pureza, de repente se detuvo en mitad de la calle un taxi que me precedía. El taxista bajó y amablemente me pidió que esperara porque iba a bajar una anciana que vivía en una casa a esa altura de la calle. Ni que decir tiene que le dije que no se preocupara y que procediera a ello. El taxista abrió el maletero y extrajo un auténtico maletón, que por el esfuerzo que tuvo que hacer para sacarlo y situarlo en la acera, entendí que debía pesar lo suyo. Al unísono, mientras esto sucedía, una anciana de unos ochenta años, obesa, con los tobillos hinchados como un globo, bajaba a duras penas del vehículo y, tras pagar la carrera, subió a la acera y se detuvo a resollar junto a aquella maleta roja de piel. El taxi se fue y la señora comenzó a tirar de la maleta, pero era tan dantesca la escena que me detuve a su altura y le pregunté si no tenía alguien que la ayudara. Me dijo que no. Entonces paré la moto, me bajé y le ofrecí mi ayuda. Me miró con una cara de agradecimiento que no olvidaré y me indicó cuál era su casa. Abrió la puerta de entrada, tras intentar varias veces introducir la llave en la cerradura, dado que su mano parecía estar empeñada en no dejarla acertar. Y entonces me encontré ante mí una escalera antigua, muy empinada, con unos escalones de mármol desgastado que transmitían peligro por sí solos. Tomé la maleta, que pesaba un quintal, y cuando llegué arriba de aquella escalera del demonio vi otra puerta, debajo de la cual había decenas de cartas metidas a la fuerza por debajo, algunas ya dobladas y arrugadas, cartas invadidas por el polvo.

Cuando llegué abajo de nuevo le señora me dijo que no había querido despertar a sus familiares porque era temprano. Hubiera deseado que no dijera aquella frase. Me quedé mirándola, sabiendo que esa puerta no se abría desde hacía meses, y su triste expresión, lo que realmente parecía decirme era lo mismo que le dijo aquel asesino a Espósito: “Por favor, dígale a la soledad que por lo menos me hable”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *