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El cubo de Rubik

Corría el mes de julio del año 1974, el día de San Fermín, para ser más exactos, cuando la gran Alemania Federal de Franz Beckenbauer conseguía derrotar a la no menos mítica Naranja Mecánica del gran Johan Cruyff en la final del mundial de fútbol de aquel año que se celebró precisamente en la Republica Federal Alemana. Y aunque España no se clasificó para aquella cita, fue mucha la expectación que levantó entre los españoles amantes del balompié aquel mundial. Fue una final apasionante en la que se adelantó Holanda con un gol de Neeskens, pero remontó Alemania con sendos goles de Paul Breitner y del “Torpedo” Mueller. Y entre todos los españoles a los que les apasionaba el fútbol había uno muy especial que, según comentan los historiadores, se pegó todo el mundial sentado en su sillón preferido sin perderse detalle de los partidos. Sus médicos, franca-mente preocupados por su sedentarismo, le recomendaban que a su edad no debía estar tantas horas sin ejercitar las piernas y que debía dar paseos periódicamente para mejorar el estado de su sistema circulatorio. Además, los jardines del Palacio del Pardo resultaban un lugar inigualable para caminar relajadamente. Pero no era persona de hacer mucho caso y finalmente una vena importante dijo “hasta aquí hemos llegado” y una tromboflebitis fue el comienzo del fin de la dictadura y el punto de partida de la Democracia en España. Para un amante del fútbol como yo resulta romántico pensar que el glamuroso mundial del 74 fue el inicio de la Transición.

Hungría tampoco participó en aquel mundial de 1974. Y posiblemente por eso el profesor de arquitectura húngaro Ernö Rubik, en lugar de ver fútbol, apagó el televisor y aprovechó el tiempo para pensar de qué forma práctica podría explicarle a sus alumnos la geometría tridimensional. Rubik estaba obsesionado con la idea de crear algo que relacionara la ciencia y el juego de manera interactiva, algo que fuera a la vez didáctico y divertido. Es obvio que el tenaz profesor húngaro no podía ni imaginar que aquella creación que su mente estaba engendrando iba a significar el mayor fenómeno de ventas conocido hasta entonces y que hasta 350 millones de su rompecabezas tridimensional iban a repartirse por el mundo.

Este pasado 19 de mayo, mientras daba buena cuenta de mi tostada con aceite de oliva y jamón, como mandan los cánones, vi en una de las páginas del periódico del bar, aún sin lamparones de mantequilla ni restos de pan porque era temprano, que ese día se cumplían 40 años de la creación del cubo de Rubik. Qué curioso, me dije, porque hasta llegar a esa página el periódico estaba preñado de noticias relacionadas con el culebrón de Cataluña y con las ideas xenófobas y supremacistas del “ser superior” Quim Torra. Y me preguntaba qué había podido pasar en España para que durante esos cuarenta años se hayan engendrado semejantes seres monstruosos. Entonces recordé la frase de Woody Allen “No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo”.

De repente entendí que aquella Transición española de la dictadura a la democracia, ese proceso que siempre ha sido elogiado y alabado por su perfeccionismo, que siempre fue puesto como ejemplo de lo que significa llegar a un acuerdo vital por personas que se encontraban en las antípodas ideológicas, pudo tener “gato encerrado”. ¿Por qué comunistas catalanes, ex-ministros de Franco, liberales, militares sedientos de venganza y socialdemócratas se dieron la mano y aceptaron el texto de la Constitución de 1978? Pues porque ese texto “complacía” a todos, es decir, la clave del fracaso. Y posiblemente ese fracaso lo estemos entendiendo en estos momentos, cuando comprobamos que nuestra Constitución, ese texto maravilloso, permisivo, abierto a todo y a todos, a todas las religiones, a todas las ideas, a todas las lenguas, a todas las ideologías (aunque propongan la ruptura de la unidad del país), ha significado precisamente el salvoconducto ideal para que ahora, horrorizados, comprobemos que el incendio surgido en Cataluña no puede ser sofocado de manera contundente porque los padres del texto, para dar su visto bueno, se cuidaron muy mucho de que todo esto tuviera cabida en el futuro. Pero no es menos cierto que de no haber sido así el acuerdo y el consenso de todas las partes implicadas en la negociación habría supuesto una quimera.

Miraba el cubo de Rubik e imaginaba en sus piezas, en lugar de colores, las caras de todos los que tuvieron que ver con aquella etapa de la historia de España, pensaba en la semana trágica de 1977, cuando un grupo de ultras franquistas asesinaron a cinco abogados laboralistas, de los ocho que formaban aquel despacho (Manuela Carmena una de las que se libró de la matanza), en la calle de Atocha, o cuando horas después, como represalia, el GRAPO secuestró al presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, además de asesinar a tres policías. ¿Cómo resolvías aquel rompecabezas tridimensional? Pues contentando a todos. Aquella semana trágica se resolvió legalizando el PCE, algo que los militares, a regañadientes, aceptaron, pero a cambio Santiago Carrillo tuvo que aceptar la monarquía española y la bandera rojigualda como bandera nacional. Lo dicho, un auténtico cubo de Rubik que a día de hoy aún no se ha resuelto del todo.

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