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¡Arde, Neruda!

Me gusta cuando callas y estás como distante. Y estás como quejándote, mariposa en arrullo. Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza, déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio claro como una lámpara, simple como un anillo. Eres como la noche, callada y constelada. Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente. Distante y dolorosa como si hubieras muerto. Una palabra entonces, una sonrisa bastan. Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto”.

Se cumplen 85 años en este mes de marzo de 2018 de la creación de la “Acción contra el espíritu anti-alemán”. El objetivo de dicha acción era acabar con la llamada por el régimen Nazi “literatura decadente”. Cada estudiante debía limpiar de libros “perjudiciales” su propia biblioteca y después la de sus amigos y familiares, para más tarde pasar ya a “doctorarse” haciendo lo propio en las bibliotecas de universidades e institutos. Finalmente, el 10 de mayo de 1933 tuvo lugar el culmen de aquella acción que no fue otro más que la quema de libros.

Curiosa similitud, ahora que estamos a punto de ver arder en Valencia esos monumentos de madera o cartón piedra, la que tuvo lugar aquel 10 de mayo de 1933, cuando en la Plaza de la Ópera de Berlín se amontonaron todos los libros recogidos y una enorme bola de fuego en el centro de la plaza iluminó los rostros de los allí presentes, rostros en los que se mezclaban sentimientos de odio y satisfacción por el deber cumplido.

Si para mi generación había una obra de la literatura que era el summum del romanticismo esa era Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda. Leer aquellos versos suponía verse envuelto en pura pasión. No había chica que no deseara que su amado le escribiera algo tan bello, tan inalcanzable para el común de los humanos.

¡Avergüénzate, mujer, si alguna vez leíste a Neruda y soñaste con ser esa blanca colina, esos muslos blancos y parecerte al mundo en tu actitud de entrega! Y mucho más aún si pensaste en que tu amado era ese labriego salvaje que te socavaba y que hacía saltar en ti el hijo del fondo de la tierra. Porque si alguna vez leíste a Neruda y te viste envuelta en su brutal pasión, deberás expiar tu culpa acudiendo a tu biblioteca, buscar ese libro machista y retrógrado y llevarlo inmediatamente a la sede de CCOO más cercana que tengas para que en unos meses, en la plaza más céntrica de tu ciudad, siguiendo el “Breve decálogo de ideas para una escuela feminista”, elaborado por las iluminadas Melani Penna y Yera Moreno, sean todos amontonados y quemados para escarnio público de ese escritor misógino que fue Pablo Neruda.

Yo ya he localizado mi ejemplar de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Hacía tiempo que no lo leía. Lo he desempolvado y he vuelto a releerlo. Y debo decir que me parece aún más maravilloso. En cuanto pueda me voy a ir a la sede de CCOO más cercana que tenga y me voy a sentar en la puerta a leerlo.

He dicho que cantabas en el viento como los pinos y como los mástiles. Como ellos eres, alta y taciturna. Y entristeces de pronto, como un viaje. Acogedora como un viejo camino. Te pueblan ecos y voces nostálgicas. Yo desperté y a veces emigran y huyen pájaros que dormían en tu alma”.

Parece mentira que en el país de Miguel de Cervantes vengan Melani y Yera a proponer que se retiren de las escuelas e institutos los libros de Neruda, de Pérez-Reverte o de Javier Marías. ¿Y qué hacemos con Nabokov, Bukowski o Flaubert?

Cervantes, en el capítulo seis del Quijote, narra de qué manera el sacerdote y el barbero examinan la biblioteca de Alonso Quijano y van seleccionando los libros que deben ser quemados, dado que son los responsables de la locura del hidalgo. El genio de Alcalá de Henares criticaba así, de manera muy sutil y divertida a la Inquisición, institución que establecía normas muy rigurosas para el control de los libros, quemando en hogueras cualquier obra que para ellos contuviera herejía alguna.

No hace mucho leí un tuit que me pareció una genialidad. Venía a decir que desde que se exhumó a Salvador Dalí para hacerle una prueba de ADN, en España todo se había vuelto surrealista. Efectivamente, estamos viviendo perplejos situaciones que jamás pensé que viviríamos.

No concibo que una mujer sea tratada de manera distinta a un hombre. No entiendo que se le pague menos por el mismo trabajo. Me encanta comprobar en mi faceta profesional que cada vez hay más juezas. Respeto al máximo a la mujer y siempre la he respetado. Entiendo que la mujer, como colectivo, luche por sus derechos y lo apoyo. Pero me parece que algunas se están colando peligrosamente y están consiguiendo desandar lo que mujeres de bandera ya habían conseguido mucho antes sin tener que mancharse con pintura roja la entrepierna y sin tener que gritar desnudas en iglesias. La radicalidad sólo acarrea radicalidad.

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