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El ángel Gabriel

Hoy el aire en la Plaza del Museo no tenía aroma a oleo, ese aroma tan particular en ese lugar las mañanas de Domingo, cuando artistas anónimos ofrecen sus obras a las muchas personas que pasean por allí. Hoy el aire tenía aroma a tierra mojada, un olor no menos sugerente que el del oleo de los cuadros. Y pronto, muy pronto, otro olor mágico invadirá esa plaza, olor a incienso y cera, cuando la Virgen de las Aguas y el Cristo de la Expiración salgan de su capilla para gozo de todos. Es sin duda alguna una plaza de aromas, aromas de los muchos que Sevilla nos regala.

Esta mañana, el maestro Murillo estaba sólo. Allí, majestuoso en su pedestal, acariciado por las hojas de los árboles que lograban no ser arrebatadas de su rama por la furia de Eolo, que lleva varios días ya coqueteando con nuestra ciudad. Otras muchas no lo han logrado y cual teselas romanas iban pasando a formar parte de una alfombra de tonalidades ocres y amarillas, que a ratos bailaban en círculos y a ratos se posaban, rodeando al genio del Barroco.

Hoy los pintores no estaban en la Plaza del Museo. La bendita lluvia no entiende de nada y lo mismo deja en sus casas a esos artistas anónimos que impide pasear su majestuosidad por Sevilla al Cristo tallado por Marcos Cabrera en 1575. Sí, han leído bien, 1575. Y es que el Santísimo Cristo de la Expiración del Museo lleva allí, en su presumida capilla situada junto al Museo de Bellas Artes, 443 años, es decir, tan “sólo” 201 años antes de que en 1776 se fundaran los Estados Unidos de América.

Pero no era mi objetivo hoy ver las obras de esos artistas sevillanos porque era obvio que no estarían. Hoy llevaba entre ceja y ceja un cuadro, una obra regia  de Murillo. Hoy fui al Museo de Bellas Artes atraído por El jubileo de la Porciúncula.

Podría decir me rebela, o me enerva, pero lo voy a decir como lo decimos aquí: ¡me da coraje! que esta auténtica maravilla creada por el pintor sevillano, nacido en 1618, por encargo de los monjes franciscanos capuchinos de Sevilla haya vuelto a la ciudad en la que fue creada pero prestada por el Museo Wallraf-Richartz de Colonia, que es el propietario del cuadro, un cuadro que jamás debió salir de nuestra ciudad. Pero cuando el ejército napoleónico expolió literalmente iglesias, conventos y templos de la capital hispalense, unos héroes anónimos desmontaron de sus bastidores las pinturas de Murillo que embellecían las paredes del Convento de los Capuchinos, siendo llevados todos esos lienzos a Cádiz, escapando en barco por el Guadalquivir hasta llegar a la Tacita de Plata, donde fueron escondidos hasta que terminó la invasión gabacha. Sin embargo, el lienzo de El jubileo de la Porciúncula, debido a su gran tamaño, fue escondido en Sevilla. Posteriormente se trasladó a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, para volver a Sevilla en 1814, año en que fue restaurado de los daños sufridos en todos esos avatares por el pintor sevillano Joaquín Bejarano, a quien los frailes, en gratitud por la restauración de todas las pinturas, regalaron El jubileo de la Porciúncula. Su dueño, Bejarano, acuciado por deudas, se desprendió de la obra para saldarlas y a partir de 1828 el cuadro pasó por diferentes coleccionistas privados hasta que en 1876 fue adquirido por el museo alemán Wallraf-Richartz de Colonia.

Sobrecoge la imagen del cuadro, con sus 4,30 metros de alto por 2,95 de ancho. La obra narra uno de los milagros más célebres del fundador de la orden franciscana: la aparición de Cristo y la Virgen a San Francisco en la iglesia de Porciúncula, prometiendo indulgencias a los que rezasen allí.

En ese preciso momento, cuando estaba contemplando el cuadro, sonó una alarma en mi teléfono móvil. Lo extraje de mi bolsillo y miré la pantalla. Era una noticia que me dejó paralizado. El cadáver del niño Gabriel había aparecido en el maletero del coche de la novia de su destrozado padre. La crueldad del desenlace no podía ser mayor. Instantes previos me estaba preguntando el porqué de la condición humana, imaginando aquellos días de terror que Sevilla tuvo que soportar. Pero todo se minimizó de repente y mi estado de ánimo se desplomó como una de esas hojas que el viento arrancaba de su rama en la plaza. Me senté en un banco de la sala del museo, un banco frío de mármol, situado frente al gran cuadro de Murillo. Con la mirada perdida quise imaginar de qué manera se puede consolar a una madre que pierde a su hijo de esa manera tan cruel, pero ni tan siquiera podía imaginarlo. Pienso que si en mí se esfumaron de repente las ganas de todo, en ella se debe haber esfumado la vida.

Inconscientemente mis ojos se fijaron en esos angelitos felices que revolotean entre las nubes, en torno a Cristo y a la Virgen, en la escena representada por Murillo. Y quise ver la cara del niño Gabriel en uno de ellos, y quise pensar que no sufrió y que  desde que sus ojos se cerraron juega feliz, como un pececito, en el cielo.

Descansa en paz, ángel Gabriel.

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