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Como lágrimas en la lluvia

Dicen que las relaciones tóxicas son adictivas para muchos corazones ávidos de pasión. Desde un punto de vista patológico, una relación tóxica es como un alucinógeno, por eso engancha. Y no creo que nadie, salvo el genio Polanski, haya honrado a las relaciones tóxicas como hizo él en 1992, cuando vio en Emmanuelle Seigner a la perfecta droga pasional que destruía minuto a minuto a Peter Coyote y que encandiló irremisiblemente a ese incauto recién casado, interpretado por Hugh Grant, haciendo que aquel crucero se convirtiera para él y su joven esposa en una auténtica luna de hiel.

El pasado jueves tuve que ir a hacer una visita pericial a un domicilio de la Plaza de los Maldonados en el cual, lo que parecía que iba a ser una maravillosa historia de amor entre el fuego y el aceite de oliva, de la que nacerían unas deliciosas croquetas de puchero, tornó en relación tóxica, y al igual que Hugh Grant en aquel barco, unos inocentes muebles de cocina, desvencijados e inocentes, se convirtieron en víctimas propiciatorias de aquel affaire.

No sé si se hacen a la idea de lo que supone llegar en coche a la Plaza de los Maldonados un jueves. Sinceramente, creo que una etapa del Dakar es menos estresante y complicada que entrar un jueves por San Luis, llegar hasta San Marcos, bajar por Castellar, llegar al objetivo y salir airoso por la calle Feria. Créanme, es una aventura digna de Discovery Channel. Si quieren ver llorar de desesperación a esa amable señorita que te habla desde Google Maps hagan ese recorrido con su coche. Pero no cualquier día, no, debe ser un jueves.

Cuando ya mi nivel de estrés había llegado a límites insospechados, y tras mentarle la madre una vez más a la pobre chica cibernética cuando, desconcertada, me dijo: “gire a la izquierda en la próxima, a ver si así…”, en ese preciso momento recordé aquellas jornadas de mindfulnes, a las que asistí por curiosidad, y pensé que, mientras aparecía el conductor de aquella furgoneta de reparto de pollos que ocupaba media calzada y toda la acera, me daría tiempo a poner en práctica esa respiración controlada, con los ojos cerrados, contando hasta cuatro, lentamente, durante la inspiración y hasta doce durante la expiración, manteniendo el aire en tus pulmones durante unos segundos antes de expulsarlo. Comencé a hacerlo, intentando evadirme de los cláxones de otros tantos vehículos, cuyos iluminados conductores también pensaron, al igual que yo, salir indemnes de aquel infierno. Y de allí no se sale indemne porque si es verdad que el estrés mata, de esa cruzada sales con varios días menos de vida.

Repetí la secuencia unas diez o doce veces, y de repente, abrí los ojos y ciertamente me había calmado. ¡Oye, aquello funcionó! Y no sólo me relajé sino que apareció el repartidor de pollos y me faltó tan sólo preguntarle si necesitaba que le ayudara a repartir. Eso sí, el conductor que manejaba el coche situado justo detrás del mío seguramente faltó a la clase de mindfulnes el día que explicaron lo de la respiración, porque estuvo a punto de meterle un pollo en la boca al pollero, con plumas incluidas.

La relajación llegó a tal extremo que decidí dejar mi coche aparcado en un hueco que el Universo me regaló gracias a que había entrado en aquel canal de positivismo, tras aplacar la tormenta neuronal por obra y arte de esa meditación de urgencia a la que recurrí cuando estaban a punto de salirme hasta cuernos. Y tras aparcar el coche comencé a caminar relajadamente y me adentré en ese mundo ecléctico que de la nada surge cada jueves en Sevilla y que tiene uno de sus cuarteles generales precisamente en esa plaza en la que aquel proyecto de croquetas de puchero se había ido al traste.

No pude evitar sonreír, mientras observaba una manta sobre la que se amontonaban Nenucos desnudos, despeinados, tuertos, junto a discos de El Fary y de Manolo Escobar o tebeos del Capitán Trueno. Sonreía diciéndome a mí mismo: “No sé quién es más iluso, si alguien que pretende vender un Nenuco de esos o alguien que vive en Sevilla y pretende un jueves recorrer ese barrio en coche”.

Seguí avanzando, tranquilo, sorprendido, porque, no importa las veces que hayas paseado por ese mercadillo, siempre te sorprende. Es como un viaje al pasado, a tu infancia, a tu adolescencia. Es un repaso a la historia de España, a la historia del cine, a la de los juguetes que forman parte de tu mapa emocional. Pero mis ojos se abrieron en el grado máximo que los párpados permiten cuando sobre una mesa, junto a cromos de fútbol del Sevilla y del Betis de la temporada 1981-82, encontré una edición de 1975 del libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. Ese libro, escrito en 1968, es un gran desconocido para muchos. Pero si yo les dijera: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”, seguro que entenderán lo brutal del hallazgo.

Apoyado en la vieja barra de Casa Vizcaíno, disfrutando de una cerveza tirada como mandan los cánones, como me ha enseñado mi amigo Carlos Caliani, me quedé pensativo y volví a sonreír al entender que no hay en el mundo una amante tóxica mejor que Sevilla.

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