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Caniches

“Los que de privados se convierten en príncipes sólo gracias a la suerte, lo consiguen con poco esfuerzo128, pero luego les cuesta mucho mantenerse129; durante el camino no encuentran dificultades, porque vuelan sobre él, pero en cuanto están establecidos se les presentan todos los problemas130.

Nicolás Maquiavelo nos dejó como herencia una obra maestra que recoge las verdades sin complejos sobre el ansia de poder, sobre cómo alcanzarlo y sobre todo de qué manera mantenerlo. El Príncipe fue, es y será el libro de cabecera de muchos líderes políticos cuya ambición de poder está muy por encima de la idea de servir al ciudadano o a su país. Y entre esos líderes se encuentra Napoleón Bonaparte. Cuenta la historia que el emperador francés tenía siempre a mano su ejemplar y que lo estudió hasta la saciedad. Incluso mantenía conversaciones imaginarias con su autor, tomando notas junto a cada párrafo de sus opiniones respecto a los pensamientos de Maquiavelo, a veces a favor y otras muchas en contra. Ese manual con los comentarios manuscritos de Napoleón se conservó y para placer de muchos, entre los que me encuentro, podemos conocer qué opinaba el insaciable coleccionista de poder nacido en la isla de Córcega un 15 de agosto de 1769. Y resultan muy interesantes los comentarios números 128, 129 y 130 del emperador, recogidos en la página 179 de la cuadragésima segunda edición de Austral, referentes al primer párrafo del presente artículo, extraído del capítulo VII del libro, titulado De principatibus novis qui alienis armis et fortuna acquiruntur, o lo que es lo mismo Los principados nuevos que se conquistan gracias a la suerte y a las armas de otros.

 Decía Napoleón al respecto del párrafo referido:

128 Como tontos que dejan llevarse y no saben hacer nada por sí mismos.

129 Es imposible.

130 Todo debe ser obstáculos para unas gentes de esta clase.

La ambición del ser humano puede llegar a ser enfermiza hasta tal punto que para conseguir a toda costa su objetivo una persona puede recurrir a medios non sanctos (pecados graves) sin importarles su condenación.

Wolfgang von Goethe describió de forma magistral lo que se conoce como vender el alma al diablo. Esta expresión es recurrente para describir a alguien que alcanza su objetivo a “cualquier precio”. Goethe nos regaló a Fausto, un doctor atormentado, desesperado por la insuficiencia de conocimiento que él consideraba que tenía sobre aspectos científicos, humanos y religiosos. Fausto ambicionaba ser conocedor de todo lo que puede ser conocido, lejos de propósitos morales. Este ser humano, favorito de Dios según Goethe, era un reto para Mefistófeles. Lograr desviar al ser humano favorito de Dios sería un gran éxito para el diablo. Y por eso Mefistófeles hace un pacto con Dios consistente en medir las fuerzas entre ellos para ver si Fausto sucumbe o no a las tentaciones de lograr la inmensidad de conocimientos sin esfuerzo, por el atajo de lograrlo sin merecerlo, con la ayuda del demonio.

Narra el escritor alemán que cierto día Fausto salió a pasear con su ayudante Wagner porque necesitaba despejarse y cuando vuelve hacia su casa es seguido por un vulgar caniche. Al llegar al estudio el caniche se transforma en el diablo. Fausto sucumbe y pacta con él: el demonio hará todo lo que Fausto quiera mientras esté en la tierra y a cambio Fausto servirá al demonio en la otra vida. Pero el diablo no se conforma con la palabra de Sánchez, perdón, de Fausto (¿en qué estaría yo pensando?) y le pide que firme el pacto con sangre. En un primer momento Fausto se ofende al ver que el diablo no se fía de su palabra de honor. Pero finalmente tiene que ceder y termina firmando el contrato con una gota de su sangre.

Sinceramente, en estos últimos días he visto no uno sino a muchos caniches siguiendo a Pedro Sánchez. La mayoría tocaban la flauta y entonaban una melodía hipnótica, una melodía que parecía sacada de Hamelín. Y al cabo, Pedro Fausto firmó el contrato con una gota de su sangre.

Pero vender el alma al diablo no sale gratis, no. Al final el diablo siempre viene a cobrar. Y hablando de ese momento, del momento en el que el diablo se cobra su deuda no puedo evitar recordar esa impresionante escena de la película El corazón del Ángel, dirigida por Alan Parker en 1987, en la que un magistral Robert de Niro, interpretando precisamente a Lucifer, le dice al detective Harry Angel, interpretado por Mickey Rourke, “Odio tener la contabilidad desordenada”, refiriéndose a las almas que le quedan por cobrar.

Llegar al poder a cualquier precio no le será perdonado al recién estrenado presidente de nuestro país. Los ciudadanos vemos cosas que parecen no ver los dirigentes. Ya lo decía Maquiavelo “No quiero que sea considerado presunción que un hombre de bajo e ínfimo estado se atreva a discurrir y a prescribir sobre los gobiernos de los príncipes, porque, así como los que diseñan los países se colocan en lo más bajo para poder considerar la naturaleza de los montes y otros lugares altos, y para considerar la de las cosas bajas se colocan encima de los montes, así para conocer la naturaleza de los pueblos hace falta ser príncipe, y para conocer la naturaleza de los príncipes hace falta ser pueblo”.

Ojo con los caniches.

 

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