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Amor líquido

Antes se amaba mucho mejor. Al menos eso se interpreta cuando lees las interesantes reflexiones de Zygmunt Bauman en su obra  Amor líquido. En dicho ensayo, en el que aborda la fragilidad de los vínculos humanos, el filósofo polaco nos viene a decir que “el frenético consumo de una sociedad de mercado ha degenerado nuestros vínculos personales al tratar al otro, ya sea amante o prójimo, como una mercancía más de la que puedes desprenderte, desecharla, desconectarla con cierta facilidad”.

Son unas reflexiones muy severas y desoladoras, humanamente hablando, pero reales, absolutamente reales. Nos utilizamos sin piedad. Así es el ser humano, despiadado. Y cuanto más recapacitas en ello más se evidencia.

“Al despertar una mañana, tras sufrir perturbadores sueños, Gregor Samsa se vio en su cama transformado en un insecto enorme”.  Ésta, una de las más famosas oraciones de la literatura moderna, inicia la obra maestra de Kafka, La Metamorfosis. En ella, el atormentado escritor nacido en Bohemia expresa de manera magistral y metafórica la esencia del amor líquido. Un muchacho de éxito, trabajador, integrado en la sociedad, que mantiene a su familia económicamente y es amado y respetado tanto por sus padres, como por su hermana. Pero un día se transforma en un repugnante insecto y los sentimientos de su familia van pasando de la pena al asco, al odio y al alivio cuando muere. Es una metáfora estremecedora de lo que la sociedad puede hacer con uno cuando ya no le sirve para nada.

Esta mañana, mientras giraba lentamente la cucharilla dentro de mi café sin prestar atención a la taza, repasaba los periódicos. Me encantan las cafeterías que los compran todos. En uno de ellos he visto una fotografía que ha remitido a mi mente al ensayo de Bauman. En ella se veían, sonrientes, a Junqueras y Puigdemont. Eran tiempos felices, eran otros tiempos, lejos de estos días en los que el primero se hace a diario su cama entre barrotes y el segundo se ríe desde Bruselas de la gente que creyó en su mesiánica locura.

Sinceramente, cuando miro a Junqueras no puedo evitar recordar a Sancho Panza, y no lo digo por su oronda figura y su incuestionable parecido físico. Imagino a Puigdemont diciéndole: “Querido Oriol, disponte a venir conmigo de buena gana, porque tal vez pudiera suceder aventura en la que ganases, en quítame allá esas pajas, alguna ínsula y te dejase como gobernador della”.  Y es que, no me digan que no, no existe obra alguna como el Quijote en la que se plasme de manera más brillante la iluminación y la avaricia. Y entre Quijotes y Sanchos, están destrozando a esa pobre Dulcinea que es Cataluña.

No es de extrañar que los pensadores y filósofos de la historia de la humanidad fueran pesimistas. No damos para más. El ser humano no escarmienta y como Sísifo sube la ladera empujando la enorme piedra una y otra vez.

Me cuesta mucho creer en el ser humano. Me refiero a creer como proyecto de ser que avanza y mejora. No hay más que estar inmerso en la sociedad, relacionarte con la gente en general para entender que estamos en una especie de involución que nos lleva una y otra vez al punto de partida. Es totalmente cierta la reflexión de Bauman cuando dice que se han degenerado los vínculos personales. No se ven señales de vida; antes al contrario.

Qué quieren que les diga, estoy a punto de llegar al medio siglo de vida y no sé por qué, de repente, sin esperármelo, se ha abierto de par en par, justo delante de mis narices, una ventana con vistas a millones de cuestiones, a miríadas de sensaciones angustiosas. Imagino que será esa crisis de la que tanto hablan y que me tiene incrédulo continuamente. O quizás sea lo que viví ayer cuando fui a ver lo que se suponía sería un simple partido de fútbol en el que participaba el equipo en el que juega mi hijo. Días como el de ayer no ayudan en absoluto a creer en el ser humano en general. Padres teniendo que ser separados, madres gritando barbaridades al árbitro, chicos diciéndole desde la grada a los jugadores que los iban a rajar a la salida, abuelos pidiéndole a sus nietos que buscaran la espinilla del contrario. Me tuve que ir de la grada. Fue repugnante. Es imposible erradicar la violencia, es más, vamos a peor. Nos hemos convertido en una generación de irresponsables envidiosos que proyectamos en nuestros hijos nuestras frustraciones. La falta de respeto campa a sus anchas.

No es casualidad que España esté pasando el momento más delicado de su aún joven Democracia. Nada es casual. Este país es víctima de una generación de gente que ha nacido y crecido en la más absoluta comodidad y en la que la palabra sacrificio no tiene ningún sentido. Basta con mirar el panorama político y analizar a sus responsables para entender lo que está pasando. Han entrado en la escena pública personas similares en su esencia a las que me hicieron marcharme ayer de la grada de un polideportivo de pueblo. Gente que no lo saben pero que pronto serán insectos como Gregor Samsa, víctimas del amor líquido.

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