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El cíngulo negro

Aquel extraño cliente que nos consultó de qué color era el cíngulo de los nazarenos del Silencio nos dejó un tanto intranquilos, entre otras cosas porque los nazarenos de esa Hermandad no llevan cíngulo. Fue el último cliente que entró en la tienda aquel jueves de enero. Ya tenía en la mano derecha aquella barra de hierro con la punta doblada con la que alcanzaba el borde inferior de la persiana metálica, esa barra de hierro que no es más que un termómetro del tiempo que me recuerda aquellos días en los que un salto me bastaba para asirme a ese engrendro del demonio odiado por toda la calle Alcaicería. Y es que, por más lubricante que ponía en aquellos ajados engranajes, su descenso siempre iba acompañado de un griterío insoportable, unos chirridos que incluso hacían que las palomas del Salvador alzaran el vuelo y abandonaran las migajas de pan duro que Anselma les ofrecía cada mañana.

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